viernes, 1 de junio de 2018

UN SÍMBOLO DEL FIN DE CICLO: EL “HOMO DEUS” TECNOLÓGICO Y SUS FALSOS PROFETAS (I Parte)


I. EL CONTEXTO IDEOLÓGICO DE LA SOCIEDAD CIBERNÉTICA
En cierto modo la charla de hoy es una continuación de la última conferencia que dimos aquí en la Biblioteca Arús hace unos cuantos meses, donde tratamos de las Eras Zodiacales desde el punto de vista de las leyes de la Ciclología. Bajo ese mismo enfoque vamos a tratar ahora de un tema que nos ilustra acerca de la naturaleza singular de nuestro tiempo, signado por los extraordinarios avances tecnológicos que inevitablemente han cambiado la manera en que vemos y comprendemos el mundo, hasta el punto de haberse producido una “ruptura” con el marco mental y espiritual heredado de la humanidad anterior a la “era tecnológica”, la que engendrará según sus “profetas” más arrojados una “nueva humanidad” creada a partir de la simbiosis del hombre y la “inteligencia artificial”: el homo deus.
Términos como “trans-humanismo”, o posthumanidad, homo deus, se emplean cada vez con mayor frecuencia en el lenguaje corriente de la calle y en los medios de comunicación, lo que quiere decir que ha “calado” en la opinión pública, y publicada, pues abundan los libros y artículos que, o bien son auténticas apologías o por el contrario advierten de las consecuencias negativas de una tecnología deshumanizada, que para muchos cumple una función poco menos que “demiúrgica”, hasta el punto de divinizarla; por eso no es impropio hablar de “tecno-religión”, otro término en boga pues describe un “rasgo” propio de la mentalidad de aquellos que creen firmemente en el poder “creador” de la tecnología, capaz incluso de “transformar” al propio hombre; de ahí nace precisamente el concepto de “trans-humanidad”. Sin embargo, no pretendemos “criticar” ni mucho menos “censurar” estos temas, como si fuésemos los abanderados de una ética agredida por la deshumanización creciente de la ciencia tecnológica, sino que nuestro único interés consiste en observar todo esto con la mayor objetividad y guiados por la doctrina tradicional de los ciclos, que es una ciencia tradicional muy antigua y que, aunque resulte paradójico, siempre está de plena actualidad, pues en realidad es una manera de denominar también a la Cosmogonía Perenne. Bajo su luz, veremos que todos estos conceptos son expresiones de las tendencias disgregadoras que acechan en nuestro tiempo, que tienen sus “signos” y “señales”, como se nos recuerda en la máxima evangélica:
“Cuando veis levantarse una nube por el poniente, al instante decís: Va a llover. Y así es. Cuando sentís soplar el viento sur, decís: Va a hacer calor”. Hipócritas: sabéis juzgar del aspecto de la tierra y del cielo; entonces ¿cómo no exploráis el tiempo presente? ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo? (Lucas 12, 54-59).
Palabras enigmáticas, pero al mismo tiempo meridianamente claras, pues en ellas se nos impele a buscar por nosotros mismos lo que es “justo” en un tiempo de tribulación como el nuestro, algo que a nivel cíclico cumplirá el “León de Judá”, o “León de Justicia”, en referencia al Cristo de la “Segunda Venida”, que traerá de nuevo la salud, es decir la “liberación”, y será como el fulgor del relámpago resplandeciendo de Oriente hasta Occidente (Mateo 24, 27).
Vamos, pues, a explorar nuestro tiempo, y vamos a intentar igualmente explicar cuáles son los “signos” que hacen de él algo singular dentro de la larga historia humana. Y qué duda cabe que el intento por parte de la tecnología de crear una nueva humanidad es un “signo” lo suficientemente significativo como para darnos cuenta de que ese tiempo está llegando a su fin. En este sentido, la apelación de Cristo a buscar lo que en el tiempo presente hay de “justo” y “verdadero” es también una llamada a buscar eso mismo dentro de nosotros, pues es lo único que dejaremos depositado dentro del arca, que es la forma simbólica que adoptará la Tradición Primordial durante el pasaje de un ciclo a otro, de una humanidad a otra, según los ritmos cósmicos expresados por los grandes ciclos de los Manvántaras, o eras sucesiva de la humanidad, según la cosmogonía hindú.
Pero antes de nada, queremos aclarar que de ninguna manera estamos en contra de la “tecnología”, lo cual sería un completo absurdo, sino del empleo que se hace de ella como un instrumento de “poder” sobre el hombre y sobre el mundo, hasta el punto de estar “formando” esa pretendida transhumanidad que acogerá en su seno al homo deus tecnológico. En fin, queremos mostrar con algunos ejemplos los argumentos que nos han llevado a considerar que el desarrollo de la tecnología, convertida ya en un fin y no en un medio o “herramienta” que se adapta a nuestra naturaleza, acabará por convertirnos en una extensión de ella misma. O sea, que se habrá operado una inversión completa del orden natural de las cosas, y la “técnica”, derivada de la tecné griega, es decir del “arte” con que se hace o produce una cosa, se convertirá finalmente en una necesidad en sí misma, en vez de cubrir, como siempre ha hecho, las necesidades del hombre, que no son solo las materiales sino también las espirituales.
En una concepción que toma al ser humano como una totalidad no existe una contraposición entre el homo faber –el hombre que hace o fabrica un objeto- y el homo sapiens. Ambos constituyen un solo ser humano, al que bien pudiera llamarse homo spiritualis, aquel que a través de su arte manifiesta la riqueza de su mundo interior, nacida de sus experiencias en el mundo de lo sagrado, las que han conformado su pensamiento abriéndolo a las intuiciones metafísicas. Por eso mismo el arte, salvo en nuestra época, siempre estuvo asociado a la ciencia como un conocimiento del mundo partiendo de las realidades metafísicas. El “hombre espiritual” sabía leer en los códigos secretos del cosmos y la naturaleza pues esos eran sus mismos códigos simbólicos, fuente inagotable de una revelación permanente.
Hablando de esa experiencia y de esa “revelación”, Federico González señala en su “Estudio sobre Hermetismo y Ciencia” (cap. III de Hermetismo y Masonería) que la experimentación de la ciencia no es sólo física, como podría pensarse,
ya que su grado más alto es la Revelación; es decir que el Conocimiento de lo Sagrado es la mayor experiencia, aunque también incluye la magia en sus dos vertientes: la que se apoya en la naturaleza de las cosas, y la que utiliza trucos que de alguna manera violentan esa naturaleza, o sea que hay una magia "buena" y otra "mala", o mejor, hay dos formas de actuar respecto a la naturaleza, una es lícita y la otra no lo es. Hay algo de profético en esta división, si se tiene en cuenta el posterior desarrollo de la civilización occidental, y la supremacía actual de la segunda sobre la primera, es decir del empirismo, la racionalización, el método estadístico y la falsa idea de una evolución y de un progreso indefinido, material y técnico, capaz de solucionar todos los males.
Siguiendo con la misma idea, Federico en otra obra, Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha, añade lo siguiente:
Un concepto lineal del universo, el tiempo y el espacio, hace que a éstos se los viva de una manera rígida y fija, en acuerdo con la literalidad de un pensamiento sólo capaz de vislumbrar lo más inmediato de lo que perciben los sentidos. En la época actual la ciencia ha tomado formas casi exclusivas de medición cuantitativa reduciendo los problemas científicos a meras estadísticas, lo que equivale a abandonar la búsqueda de la esencia y las causas de los fenómenos –de cualquier naturaleza que sean– por la comodidad de su mera descripción y sus efectos. Desgraciadamente esta forma de pensar invalida la ciencia oficial que empíricamente encasilla las cosas por sus características más superficiales sin contar tampoco los factores de cambio permanente a que está sujeta cualquier manifestación, y considera al hombre contemporáneo, completamente condicionado por su medio e ideología, como un modelo universal válido para ser aplicado en toda circunstancia. Lo mismo, en realidad, hace con cualquier fenómeno, así sea éste subatómico o estelar, y termina mecanizando su visión de la vida a tal punto que es incapaz de distinguir entre la teoría y el fenómeno en sí.
En estas dos citas vemos trazadas de alguna manera las líneas fundamentales de lo que vamos a intentar desarrollar en nuestro discurso. Partimos de la base de que la ciencia experimental actual poco tiene que ver con la vivencia que se desprende del conocimiento de lo sagrado, del misterio en el que todo está enraizado. La técnica, tal y como la concebían las sociedades tradicionales, formaba parte de una filosofía, de una búsqueda de la Sabiduría a través del conocimiento de las leyes que gobiernan el cosmos, y que se plasmaban en las distintas formas de su arte y su ciencia. Esto incluía la Magia Natural, es decir la relación de simpatía entre los distintos planos del Universo, teniendo al hombre como intermediario, con lo cual participaba de todos ellos. Al conocer “lo de arriba y lo de abajo”, el ser humano además de reproducir en sus obras el resultado y la síntesis de ese conocimiento, les infundía también un espíritu, una idea-fuerza, la cual quedaba incorporada para siempre en dichas obras. De aquí el carácter simbólico de toda obra que ha sido “hecha con arte”, es decir con ciencia y con sabiduría.
Pues bien, esa filosofía desapareció en el momento en que la tecné se alió con una ciencia ya desacralizada, que era hija de esa “magia ilícita” a la que se refería Federico González, y que contribuyó a “violentar la naturaleza”. Se pasó así de imitar a la naturaleza en su modo de operar, a explotarla y a dominarla para manejarla al antojo de los intereses materialistas y puramente económicos. Con el tiempo, de la tecné originaria se pasará a la “tecnociencia”, y de esta a la “tecnocracia”, al “poder de la técnica”, cuya “religión” es la ingeniería tecnológica, y que ha sido aceptada universalmente como un bien absoluto. La propia dinámica de las cosas ha ido llevando poco a poco a la humanidad a una dependencia total de la tecnología, de ahí su poder, y de ahí también, paradójicamente, una enorme fragilidad, lo cual crea una sensación de estar viviendo en un estado de crisis permanente, síntoma evidente de la disolución.
Los falsos profetas del transhumanismo, creyendo ser los guías que nos conducirán a la “nueva era” prometida, son sin embargo títeres en manos de fuerzas muy oscuras. Todos ellos representan su papel a la perfección: el de conducir a la humanidad al ámbito de lo infrahumano por la “artificialidad” de lo que adoran y creen con fe ciega. Pensamos, por tanto, que es pertinente plantear este tema y desarrollarlo, pues la situación del mundo actual, y su futuro inmediato, también forma parte del simbolismo de la Historia, que es el que nos interesa particularmente, pues creemos nos ayudará a entender dicha situación en el contexto y el enmarque cíclico en que se produce y en el que vivimos. Impulsadas por el “movimiento de la Historia” todas las culturas y civilizaciones, como organismos vivos que son, están sujetas a un nacimiento, un desarrollo, una plenitud y una decadencia. Podemos decir que el transhumanismo, y la tecno-religión, son en realidad las últimas expresiones de la profunda decadencia en que han caído las ideas que hace unos 2600 años pusieron los cimientos intelectuales de la civilización occidental, concretamente en el siglo VI a.C.
Uno de los temas de nuestro tiempo es efectivamente haber tomado a la tecnología como un fin que va a determinar que el mundo entre definitivamente en esa “nueva era” tan pregonada. Definiremos más adelante que entendemos por esa “nueva era” donde la tecnología es el paradigma, y que desde luego nada tiene que ver con el “paraíso” prometido por sus profetas y visionarios de distinto pelaje. Para nosotros, repetimos, todo esto es un símbolo del momento histórico en que nos encontramos, que es el tiempo que nos ha tocado vivir, desgraciada o afortunadamente. O a lo mejor las dos cosas a la vez, pues como se afirma en la doctrina de los ciclos, en los últimos tiempos se manifestará lo peor y lo mejor del ciclo humano, ya que será como una síntesis de todo él.
Desde el momento en que la ciencia y la técnica se desligaron de sus fundamentos filosóficos y metafísicos al final del Renacimiento, se incubó en ella un pensamiento sustentado en una “pseudo-mitología” cuyos orígenes se remontan al “racionalismo” cartesiano (recordemos por ejemplo el “animal-máquina” de Descartes, anunciando la era de los robots), y que finalmente ha engendrado a sus “falsos profetas” en perfecto acuerdo con la tendencia a la disolución de estos tiempos finales del presente ciclo de la humanidad. La tecno-religión es una verdadera “caricatura” y una “falsificación”, que sin embargo cumple un papel muy bien definido para el momento actual. La degradación espiritual, ética y moral que sacude el mundo en este último período del ciclo es una tendencia irresistible de ir hacia “abajo” muy parecida a la que ejerce sobre los cuerpos la fuerza de la gravedad. Es la tendencia “tamásica”, descendente, opuesta a la tendencia sattvica, “ascendente”. Ha habido una clara “inversión” del espíritu originario que generó la Filosofía y la Ciencia tal como fueron formuladas por Pitágoras y Platón, y sus análogos en otras culturas, y que dieron lugar a una nueva época de la Historia que ahora está en sus prolegómenos. Al comienzo de su obra capital La Suprema Identidad, Alan Watts dice algo parecido cuando afirma que:
la pérdida de contacto del mundo moderno con sus fuentes es la principal razón de la desintegración tan peculiar como peligrosa de nuestra cultura”.
Esas fuentes son, en efecto, y en lo que respecta a Occidente, la filosofía, la ciencia y la metafísica que vienen de los maestros griegos, y que posteriormente se funde con toda la herencia romana y judeo-cristiana para acabar conformando nuestra civilización, la cual sufrió un gran síncope cuando como consecuencia de un proceso de solidificación, se desarraiga de la herencia espiritual e intelectual que la conformó.
El por qué hemos llegado a este punto ya ha sido suficientemente analizado y explicado por diversos autores y desde distintos enfoques (René Guénon, Federico González, Ananda Coomarswamy, Luc Benoist, el ya citado Alan Watts, Aldous Huxley, e incluso novelistas como George Orwell, entre otros), y no es nuestro propósito volver a repetir los mismos argumentos, pero sí acudir a ellos cuando sea necesario para clarificar un tema que como decimos está cada vez más presente en nuestra sociedad, homogeneizada por una globalización cimentada en la revolución tecnológica de los últimos decenios, y que ahora mismo, como estamos señalando, se encuentra en una fase acelerada hacia la consecución de su objetivo principal, que no es otro que la creación de esa “transhumanidad”, o “post-humanidad”, personificada en el homo deus.
Lo “post” está de moda, y esto lejos de ser algo transitorio manifiesta un estado mental, cada vez más generalizado, que ha acabado por aceptar, por la fuerza de los hechos, el fin de la civilización humana tal y como la conocemos, y con los valores y principios que la constituyeron, los cuales, volvemos a repetir, comenzaron a entrar en decadencia con la separación de la ciencia de su fuente sapiencial y metafísica, quedando de ella sólo su componente “empírico” y materialista. Si esos valores han caído, si la verdad ha sido sustituida por la “posverdad”, ¿qué sería entonces la post-humanidad sino una parodia invertida de la propia y genuina humanidad? Sabemos que la posverdad es una manera de denominar a la mentira, o sea que lo cierto, la certeza intelectual y su influjo en el pensamiento, que ha de ser libre para conocer la realidad, para descubrir para qué existimos, y lo que da fundamento a nuestra vida, eso, que es lo que más importante, es lo que menos interesa.
Además, esos principios fundacionales de la cultura y la civilización, ¿por cuales están siendo sustituidos? ¿Cuáles son las nuevas “ideas-fuerza” que mueven este mundo, en este momento y dentro de un “futuro” que ya está aquí? ¿Cuál es, y dónde está en esa “nueva era” la fuente de Sabiduría que continúe guiando a los seres humanos hacia el descubrimiento del sentido de su existencia? Aquí encontramos un enorme vacío, que se pretender llenar con la tecnología, pero bajo ningún concepto esta podrá darnos las respuestas, pues, ¿acaso pueden los sofisticados artilugios tecnológicos llegar a concebir las ideas metafísicas?
En este sentido, el propio Alan Watts describe perfectamente un rasgo característico de nuestra época, a la que define como una
“unidad de desunión”; los hombres muestran una coherencia superficial merced a la extensión de la tecnología y a la aceptación común de ciertos modos de pensamiento cuya naturaleza misma consiste en producir mayor desintegración”.
Hay aquí una cierta lógica coherente con aquellos modos de pensamiento que han contribuido y contribuyen a esa “des-unión”, pues resulta que son esos “modos” los que han provocado, o son la consecuencia mejor dicho de esa ruptura, o debilitamiento, del cordón umbilical sutil que nos une a las fuentes originarias de nuestra cultura, y a sus orígenes sagrados. Esos “modos de pensamiento” desintegradores de que habla Alan Watts son en realidad expresiones, en distintos grados de intensidad, de aquello que los antiguos griegos identificaban con Tifón, los egipcios con Set, y otros pueblos con las “hordas de Gog y Magog”. Se trata de entidades tenebrosas portadoras del caos y la disolución, y que se reiteran de forma cíclica a lo largo de la Historia, sobre todo en los momentos en que una civilización o un mundo entran en declive. Estas energías disolventes tienen “su” tiempo, y como son posibilidades de manifestación, han de desarrollar lo que tienen en potencia.
La concepción orgánica de un universo jerarquizado y vivo, propia de las artes y las ciencias que pervivieron hasta bien entrado el Renacimiento y que estaban basadas en las leyes de las correspondencias y las analogías entre las distintas partes de ese organismo, fue sustituida por la concepción racionalista y mecanicista, que tiende a hacer del hombre una parte más de la máquina, a “transformarlo” en una pieza más de su engranaje. Al contrario del pensamiento simbólico, el mecanicismo se limita a las apariencias exteriores de los seres y las cosas, y no puede explicar por tanto la verdadera naturaleza de las mismas, su verdadera esencia. A esto le sucedió una física que acabaría por romper los moldes de un solo universo, y por tanto de un solo cosmos, para crear un “multiverso”, es decir una fragmentación más del concepto de unidad inherente en todo lo que existe, creando así una multitud de “realidades paralelas” que jamás se encontrarán.
Aquí hemos de hacer un paréntesis para decir que no toda la física moderna participa de esa concepción fragmentaria del cosmos. Hay una ciencia actual cuyos postulados coinciden en lo esencial con los sostenidos por todas las civilizaciones y tradiciones del mundo desde tiempo inmemorial, a saber: la idea de que hay un solo Cosmos, un Orden del Mundo pese a su complejidad, dotado de un “centro” donde se resuelven siempre las oposiciones que pudieran haber entre las partes y el Todo, en suma una Estructura armónica que responde a una Inteligencia Arquetípica, y que permanentemente se recicla a sí misma posibilitando la indefinida variedad de la Vida Universal y su desarrollo en el tiempo y el espacio.
Poco a poco iría desapareciendo del horizonte de nuestra cultura la percepción de un cosmos animado por fuerzas y energías invisibles, por espíritus, dioses o nombres divinos que manifiestan la distintas formas que toma un único Ser universal al manifestarse, y que esa totalidad, que es el Cosmos manifestado, es una sola también, pues todo lo que emana del Ser, ya sea en lo macrocósmico como en lo microcósmico, no está “fuera” sino dentro de él, y participa por tanto de su unidad. Existe una “chispa”, un fuego, una luz, de ese Ser en todos los seres emanados a partir de él. La tradición hindú lo llama Prajapati, el “Señor de los seres producidos”, que es una manera de referirse a la potencia generadora de la Unidad. Por eso mismo, además de animado, el pensamiento simbólico percibe el cosmos como un conjunto de relaciones entre las distintas partes constitutivas de un Ser único. Entonces, lejos de ser una “unidad de la des-unión”, ese pensamiento es “unitario” y justamente tiende a ver el mundo como una Unidad.  
Precisamente, el transhumanismo y la tecno-religión son el resultado final del proceso de alejamiento del hombre de esa Unidad y de esa concepción de un cosmos que no solo es corporal, o psicosomático, sino que tiene un alma y un espíritu, al igual que el ser humano, de ahí precisamente las analogías y correspondencias entre el macro y el microcosmos. Por eso la ausencia de ese cosmos, ordenado y jerarquizado, es también la ausencia de lo genuinamente humano, concepto desconocido en las teorías del transhumanismo, que ya se están haciendo realidad en una sociedad cada vez más parecida a esa utopía invertida que Aldous Huxley describe tan lúcidamente en Un Mundo Feliz, culminación de una fe ciega en el progreso indefinido, fundado en la ciencia empírica pero que jamás podrá aplicarse al pensamiento metafísico, por la sencilla razón de que este no “progresa”, ni está sujeto al cambio, pero que sí se adapta al momento cíclico e histórico para continuar transmitiendo el Conocimiento.
La metafísica se refiere a principios inmutables presentes en el cosmos y en el ser humano, formando parte constitutiva de su esencia, que no cambia nunca, o que no se transforma en otra cosa distinta de lo que esa esencia es. Utilizando una imagen simbólica, el centro del círculo permanece inmutable, mientras que los radios y la circunferencia son los que se mueven y modifican interminablemente en torno a él.
Frente a lo que preconizan los falsos profetas de la “nueva era tecnológica”, la transhumanidad no es en absoluto la “superación” de lo humano, sino la caída en lo infrahumano. Creer que la “fusión” de la tecnología con lo biológico, con la vida, puede conformar un “nuevo ser”, y que además dicho ser es “superior” al que era “simplemente” humano, pero que no olvidemos está “hecho a imagen y semejanza del Ser Universal”, es tal vez uno de los signos más evidentes de hasta dónde puede llevar, y llegar, el ocaso y la degradación de las ideas cuando de ellas se ha extirpado el espíritu y solo han quedado los “residuos psíquicos”, o las “cáscaras”, que es exactamente lo que significa la palabra quiploth en la Cábala.
La transhumanidad que se nos promete no implica en absoluto una “mutación” de la individualidad humana en el sentido de una modificación profunda y una “superación” de su naturaleza que le permitiera conocer otros estados superiores más cercanos a su identidad verdadera, que es supraindividual. No, esa “mutación” se efectúa sobre los elementos más externos o periféricos, o sea sobre lo simplemente corporal y sus prolongaciones psíquicas, en definitiva sobre lo psicosomático. Todo lo contrario, por cierto, de la transmutación alquímica, que toma al conjunto cuerpo-alma como un atanor que “combustiona” y se sublima gracias al calor y al fuego interno del Espíritu. Ese “transhumano” es a todas luces el resultado de una transmutación “al revés”, es decir no la de un ser que ha regenerado su naturaleza individual en vista a su realización espiritual, sino de aquel que se ha hundido en las prolongaciones más inferiores del psiquismo humano.
La tecno-religión es un producto más de la “era electrónica”, que cíclicamente coincide con la época más sombría de la “Edad Sombría” (el Kali-yuga hindú) y acabará siendo tomada como la “religión”, o mejor la “pseudo-religión” de dicha era, aglutinando al mayor número de “devotos” posible, que naturalmente será global, pues esta es la característica del mundo actual.
Mirado desde un punto de vista más elevado, dicha “era”, unificada por la tecnología, no dejará de ser una parodia invertida de aquella única humanidad de los orígenes primordiales, que hablaba un solo lenguaje y tenía una sola Tradición nutrida por la Sabiduría y el Conocimiento, el cual está completamente vedado a estos falsos profetas. También la humanidad actual vivió en sus orígenes en una “aldea global”, pues eso fue precisamente el Paraíso, el mito de la utopía del Conocimiento realizada entre todos los hombres y mujeres de la Tierra. Así se describe la humanidad primordial en todas las culturas y civilizaciones. ¿No busca la tecno-religión, a través del transhumanismo, realizar otra vez la utopía del Paraíso en la tierra, es decir la idea de un mundo “perfecto”, “feliz”, gracias a la todopoderosa tecnología? Pero esa utopía no será la del Conocimiento y la Sabiduría, sino la de su pura y simple negación. Lo que se ha llamado “sociedad del conocimiento” no tiene nada que ver con la Gnosis, con el verdadero Conocimiento. Lo que se llama “ciencia cognitiva” es sencillamente una parodia de la verdadera “ciencia del Conocimiento”, que no es otra que la Ciencia Sagrada.
El hombre es un ser religioso por naturaleza, entendiendo religión en sentido amplio, y no referido únicamente a las religiones monoteístas y al “sentimiento” religioso. Religión como aquello que “religa” con lo sagrado y el sentido trascendente de la vida. Esto es casi una pulsión vital, una necesidad que, cuando no está canalizada por ideas-fuerzas de orden superior sino por un sincretismo de creencias vagamente “espiritualistas”, conducirá inevitablemente a una confusión y un desorden mental donde cualquier cosa, por extravagante que parezca, tendrá visos de verosimilitud, sobre todo cuando, además, a dichas creencias se añade una fe ciega en el “progreso indefinido”, como es el caso de estos falsos profetas de la tecno-religión que persiguen el “paraíso tecnológico”, el cual naturalmente no deberá tener límites en su desarrollo. Esa fe ciega reposa en la creencia en el “evolucionismo”, que acabó por convertirse en el sustituto de la religión. Nació así el dogmatismo evolucionista, sobre el cual no se puede discutir, como no se podía discutir del dogmatismo religioso en otras épocas, donde se corría el peligro de ser quemado vivo, o excomulgado en el mejor de los casos.
El “homo deus” preconizado por estos falsos profetas es el resultado de haber entendido “al revés” muchas cosas, entre ellas ese versículo bíblico donde se dice que “seréis como Dios” (Génesis 3-5), versículo que es una forma simbólica de expresar la posibilidad que el hombre tiene de alcanzar el “estado de Unidad”, en donde toda “distinción” desaparece pues en ese estado no hay acepción de personas, y solo “El Ser Es”.
Precisamente, y por utilizar un término caro a René Guénon, esa lectura “al revés” indica el origen contra-tradicional que ha inspirado a los falsos profetas de nuestra “era electrónica”, a la que han orientado en la creación de una serie de “artilugios” tecnológicos que se han hecho, y seguirán haciéndose cada vez más sofisticados y “necesarios” por la propia dinámica de las cosas, para acabar “invadiendo masivamente” nuestras vidas, previo “conocimiento estadístico” de nuestras tendencias, características personales, intereses, gustos, etc. El resultado es la creación de un “doble” de nosotros mismos, una especie de clon cibernético que finalmente acabará pensando y eligiendo por nosotros, es decir de un sucedáneo o simulacro que ha sido compuesto mediante un “cómputo” estadístico (cuando como bien sabemos toda estadística es ilusoria), que para nada habla de nuestras verdaderas necesidades interiores y espirituales, sino tan solo de aquello que es lo más superficial y cambiante.
¿Qué es y para qué sirve el “big data”, todo ese gigantesco cómputo de macrodatos que inunda el espacio virtual de la “nube”, sino para acabar componiendo una descripción de nosotros mismos que para nada se corresponde con la realidad del ser que somos? Por otro lado es muy sintomática la elección de la palabra “nube” para referirse a un ámbito del ciberespacio al que los falsos profetas del transhumanismo han dado el curioso y al mismo tiempo revelador nombre de “nuevo hogar de la mente”.
El “homo deus” es en realidad un “hombre-cyborg” más sofisticado, el ideal al que se tiende cada vez más por la estrecha intimidad entre el hombre y la “inteligencia artificial”, dentro de la cual la biotecnología ocupa un lugar central. No hay límites en el desarrollo de la biotecnología, que en conformidad con la teoría “evolucionista”, ha sido pensada en lo “horizontal”, que es precisamente donde debe haber “límites” para no acabar en un espacio indefinido y “amorfo”, en un “caos” de las conciencias a las que quiere controlar el big data, donde reside el genuino poder del “gran hermano cibernético”, el que todo lo controla, y “todo lo ve”, parodiando así, una vez más, otro de los símbolos tradicionales más universales: el del “ojo que todo lo ve” en referencia a la presencia del principio divino en el centro de todo ser. Como vemos, y seguiremos viendo, la inversión toca a los “centros neurálgicos” de una simbólica sagrada cuya significación se pretende borrar definitivamente de la memoria humana.
Los límites espacio-temporales nos permiten concebir la idea de lo ilimitado, que desde el punto de vista metafísico siempre se refiere a lo celeste (como lo espacio-temporal se refiere a lo terrestre). Lo celeste representa el mundo inteligible de las ideas y los arquetipos, cuya verdadera comprensión supone justamente la liberación inmediata de esos límites espacio-temporales. Al romper el concepto de límite en lo horizontal se abrieron para el hombre nuevas posibilidades en cuanto a su desarrollo material y tecnológico. Es indudable que a esa ruptura contribuyó la filosofía escolástica medieval, la cual, ya en su decadencia, propiciaría la desconexión de la individualidad humana con los “universales”, en referencia al mundo de las ideas. La consecuencia fue que la necesidad de conocer ese mundo superior se transfirió enteramente a la vida terrestre, que era el único “horizonte”, valga la redundancia, por “descubrir”, y no sólo en lo geográfico sino en muchos otros ámbitos, entre ellos los de la ciencia empírica y la ingeniería tecnológica que se derivaría inevitablemente de ella.
Como consecuencia de todo esto, el pensamiento iría perdiendo profundidad haciéndose cada vez más plano, más “bi-dimensional”, en términos de una dualidad que engendra a partir de ella la multiplicidad indefinida, pero que nunca se “resolverá” en la unidad por su propia linealidad. Lo bidimensional no es ni tan siquiera una “estructura”, es decir el desarrollo armónico de la unidad, o del punto si se trata de la geometría, y en donde la parte es un reflejo del todo, siendo a partir de ella que éste puede reproducirse en la proporción y medida correspondiente.
El concepto cuantitativo del número es una degradación, y paradójicamente una limitación de la aritmética sagrada, y por tanto de las ciencias y artes ligadas a ella, especialmente las que desarrollaron una tecnología que contribuiría a la “maquinización” del mundo, incluida la astronomía, que perdió su antiguo carácter sagrado al desvincularla de la astrología ya que ambas conformaban una sola ciencia en la Antigüedad. Este fue el caso de los caldeos, de los egipcios o los mayas, entre muchas otras culturas, para quienes el cielo físico, y espacial, expresaba un orden, en armonía con el destino de los hombres, que podía leerse en el curso de las estrellas.
Si la máquina tuviera alma, ella sería la que en realidad habría “maquinado” la sociedad en que vivimos. “La máquina maquina” no sería, en ese supuesto, un simple juego de palabras. Se podría estar tentado de definir a la electrónica como un grado más “sutil” -por invisible al ojo- de la materia, y con un poder de “seducción” y de “sugestión” mucho más poderoso que el simple “maquinismo”, como el que denunciaba Charles Chaplin en “Tiempos modernos” hace casi un siglo. Una seducción en la que pueden caer no sólo los que han sido “llamados”, sino también los que han sido “escogidos”:
Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y mostrarán grandes señales y prodigios, para así engañar, de ser posible, aun a los escogidos. (Mateo 24, 24).
El “maquinismo” del siglo XIX y mitad del siglo XX representó para el ser humano una “solidificación” material que también fue mental. Pero nuestra época está en un estadio más avanzado, y en ella, citando a Marshall McLuhan, el sociólogo que acuñó el término “aldea global”: el “medio es el mensaje”, es decir “la tecnología es el mensaje”. Lo que se “adora” en realidad es la magia invertida de la tecnología, de ahí la idolatría que se le profesa. Y este es el cambio radical que se ha operado en la mentalidad general del ser humano de hoy día, mentalidad mucho más maleable y “líquida” que la de los siglos XIX y XX.
La tecnología electrónica es una rama de la ciencia moderna que encierra dentro de sí posibilidades de desarrollo indefinido en todos los campos. De hecho, y como ya hemos sugerido, se trata del nuevo “paradigma cultural”, propio de la aldea global. Vivimos dentro de ese paradigma y nos manejamos con sus códigos. Este es el juego, el escenario en el que nos toca jugar hoy en día dentro del gran teatro de mundo, y no podemos no jugar la partida ni el papel que nos corresponde dentro de él. Recordemos que la palabra cibernética proviene del griego y quiere decir “piloto”, en referencia concretamente al “arte de navegar”, lo cual evoca evidentemente al “internauta” de nuestros días; en consecuencia el paradigma cibernético aplicado a la tecnología de la “inteligencia artificial” es hoy en día el que gobierna o “pilota” la sociedad humana a escala mundial.
Ahora bien, ya se trate de una tecnología capaz de llevarnos a Marte o incluso más allá de los “límites” de nuestro sistema solar, o bien de la “nanotecnología” capaz de penetrar en lo más íntimo y “nuclear” de la materia, tanto la una como la otra están signadas por la desproporción y la desmesura. Son como aquellos “gigantes y enanos” de que se habla en muchas mitologías, “guardianes de tesoros ocultos”, pero portadores asimismo, afirma R. Guénon:
De influencias que pertenecen al lado inferior y «tenebroso» de lo que se puede llamar el «psiquismo cósmico»; (…) son efectivamente las influencias de este tipo las que, bajo sus formas múltiples, amenazan hoy la "solidez" del mundo.[1]
Hablando de “tesoros ocultos” ¿qué es para muchos la tecnología electrónica sino un “tesoro oculto” por las inmensas posibilidades que encierra? Pero como hemos señalado anteriormente, el “hombre nuevo” prometido por la tecnología transhumanista no es el resultado de ninguna “transmutación” o regeneración espiritual. Ese “hombre nuevo” resulta estar más cerca del “androide” o “replicante” de las películas de ciencia ficción que de cualquier otra cosa. A este respecto, ¿nos hemos fijado que ya no hay películas ni se escriben libros sobre ciencia-ficción, sino tan solo de los efectos que tendría la aplicación de una tecnología que, de facto, ya se ha impuesto?
Este es un dato que nos hace pensar que, en efecto, nuestra humanidad  ha entrado en esa fase de la misma donde ha de agotar aquellas posibilidades que las civilizaciones anteriores no quisieron desarrollar por considerarlas inferiores con respecto a otras posibilidades que sí fueron desarrolladas en comunión con las energías vivas de la naturaleza y el cosmos. Además, un axioma de la Ciclología nos enseña que cuando una civilización se expande de manera desproporcionada comienza para ella su decadencia y paulatina desintegración. También la de una humanidad entera, como es el caso. 
Esto está inevitablemente ligado con la “sensación” cada vez más cierta de estar viviendo en un mundo cuyos pilares son como aquellos “pies de barro” de que hablaba el profeta Daniel (capítulo II, versículos 26 al 45). Unos pies que en realidad estaban hechos de la mezcla de hierro y de barro. Así es nuestra época: parece fuerte como el hierro (eso es la “todopoderosa” tecnología para la gran mayoría), pero en realidad es tan frágil como el barro, y además ambos elementos, el hierro y el barro, no se pueden mezclar: se rechazan el uno al otro, lo cual nos da a entender que es ese antagonismo radical entre las propias fuerzas que dirigen este mundo el que lo está llevando a su desintegración. Cuando solo se está en el dominio de la dualidad irreconciliable todo conduce inexorablemente hacia la división, la separación y finalmente a la disolución. En su “poder” reside, pues, su propia debilidad. Es una expresión más de aquella “unidad de desunión” de que hablaba Alan Watts y que caracteriza a nuestro mundo.
Atendamos al hecho de que la propia definición de nuestra época actual como “sociedad líquida” no hace sino corroborar las tendencias hacia esa disolución, que lo es en el orden social tanto como en el individual, pues es el pensamiento del hombre moderno el que se ha “licuado”, fragmentado y disuelto. Como señala precisamente quien acuñó por primera vez esta expresión de “sociedad líquida” allá por los años ochenta, Zygmunt Bauman: “La vida líquida es una vida precaria y vivida en condiciones de incertidumbre constante”. 



[1] René Guénon. El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. XXII: “El Significado de la Metalurgia”.

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