sábado, 29 de junio de 2019

APOLO Y LAS MUSAS.LA ARMONÍA DE LAS ESFERAS. La Memoria de Calíope. Francisco Ariza

LAS SIBILAS SACERDOTISAS ITINERANTES DE APOLO Y CRISTO. (Video)

Mª Ángeles Díaz durante la grabación del vídeo 26 junio 2019

Mª Ángeles Díaz otra instantánea del momento de la grabación del vídeo "Las Sibilas. Sacerdotisas itinerantes de Apolo y Cristo

Sibila a caballo. Fragmento de los frescos representando a estas profetisas que se hallan en Puebla. México.



Sibila señalando la estrella que anunciará a los reyes Magos el Nacimiento de Cristo en el portal de Belén. Zurbarán

Sibila Tiburtina. Una de las doce Sibilas porteñas, las cuales están consideradas la más importante colección de pintura hispanoamericana.

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martes, 2 de abril de 2019

PARACELSO. BOTÁNICA MÁGICA (Nueva incorporación a la Biblioteca Hermética La Memoria de Calíope)



Incorporamos a nuestra Biblioteca Hermética este PDF que hemos recibido en La Memoria de Calíope. 
Se trata de una obra sobre Magia Natural basada en las teorías del médico alquimista Paracelso, titulada: Botánica Oculta. Tratado sobre la Magia de las Plantas, la cual contiene un enorme conocimiento del Reino vegetal desde la perspectiva de la Ciencia Hermética, que considera que "lo de arriba es como lo de abajo y lo de abajo como lo de arriba", por lo que para conocer el fondo de las plantas hay que estudiarlas en relación con las energías cósmicas y sus análogas en el hombre.

Paracelso fue un verdadero sabio que se decía miembro de una cofradía de andariegos a la que pertenecía sólo él, y que logró tener un magnífico conocimiento de la unidad del Cosmos y de las relaciones que se dan entre los planetas y las plantas, el hombre y la planta, los astros y signos zodiacales, las horas del día y los órganos humanos. 

Según él mismo lo expuso, con todo ello logró exponer los principios de una medicina tradicional del alma, una medicina que en sus propias palabras era "al estilo  de la medicina de Ficino"

Leemos en la página 91 de este tratado: 

 “Toda la magia del reino vegetal reside en el conocimiento de los espíritus de las plantas. La antigüedad los ha conocido con los nombres de dríadas, de hamadríadad, de silvanos, de faunos; son los dussi de San Agustín, las hadas de la Edad Media, los Doire Oigh de los galos, los Grove Maindens de los irlandeses. Doy el nombre de silvestres a los habitantes de los bosques, y el de ninfas, a los de las plantas acuáticas”. M.A.D.

Leer o imprimir el libro: https://drive.google.com/file/d/1PjhA0SirZ6SAlqt-O-DiUHKE5JoOgaBa/view

miércoles, 31 de octubre de 2018

BOECIO. "La Consolación de la Filosofía"



Como otros filósofos romanos, Boecio tomó parte activa en la política de su tiempo, lo que le llevó, ya anciano, a su caída e incluso a la muerte. Sin embargo su principal inquietud fue preservar las fuentes del saber y la herencia cultural antigua tras la desaparición del Imperio Romano de Occidente. 

Mientras aguardaba su ejecución escribió un libro memorable La Consolación de la Filosofía, en cinco capítulos, una obra que lo ha mantenido vivo a lo largo de los siglos, siendo un texto capital de nuestra literatura tradicional o sapiencial.  Platón, Cicerón, Séneca, los estoicos y neoplatónicos, san Agustín, todos quedaron convocados en aquella asamblea carcelaria, sobreviviendo el pensamiento de todos ellos amparados en la Sagrada Filosofía que les unía en verdadera hermandad intelectual. 

En aquella prisión, y entre las lágrimas que constantemente empañaban su rostro, Boecio nos da cuenta de su congoja y cómo en ese trance, asistido por sus desgarradas Musas que nunca perdieron el ánimo, entona tristes versos. 

Sumido en la desolación estaba cuando recibe la visita de una majestuosa dama que le hace comprender que su aflicción verdaderamente radica en haber olvidado el verdadero fin del hombre. Dice Boecio:

"Yo que en mi ardor juvenil compuse inspirados versos, cuando todo a mi alrededor parecía sonreírme, hoy me veo sumido en el llanto, y ¡triste de mí!, sólo puedo entonar estrofas de dolor. 
Escribo, mientras el llanto baña mi rostro al eco del tono elegíaco de mis Musas. Ellas,  que siempre fueron la compañía de mis caminos, recuerdo gratísimo de mi florida y fecunda juventud, vienen ahora a dulcificar los destinos de mi abatida vejez que la desgracia la ha precipitado, y cargada de males se ha cernido sobre mí a la mitad del camino de mi vida, canas prematuras cubren mi cabeza

(…) ¡Oh, cuán larga se me hace una vida tan tediosa!

Mientras en silencio me agitaban estos sombríos pensamientos lanzando mi llanto a través de mi pluma, parecióme que sobre mi cabeza se erguía la figura de una mujer de sereno y majestuoso rostro, de ojos de fuego, penetrantes como jamás los viera en ser humano, de color sonrosado, llena de vida, de inagotables energías, a pesar de que sus muchos años daban a entender que no pertenecía a nuestra generación. Su estatura, imprecisa, pues una vez adquiría el tamaño de la figura humana, y otras se elevaba hasta dar su frente con el mismo cielo en el que desaparecía de la vista de los hombres.

Su vestido de un material inalterable, estaba compuesto de finísimos hilos, y realizado con exquisito primor. Ella misma lo había tejido con sus manos, según más adelante me hizo saber. La estampa que ofrecía era como aquellas que se ven en la penumbra, difuminadas, envuelta en una tenue sombra y con aquella pátina propia de lo antiguo. En la parte inferior de su vestido veíase bordada la letra griega pi (práctica), y en lo más alto, la letra thau (teoría)  y enlazando las dos letras había unas franjas que, a modo de peldaños de una escalera, permitían ascender desde aquel símbolo inferior al superior.

No obstante, se veía en el vestido algún desgarro hecho por violentas manos  que habían arrancado de él cuantos pedazos les fuera posible llevarse entre los dedos. La mayestática figura llevaba unos libros en su mano derecha, y el cetro en la izquierda.
(…) No temas, me dijo. No hay peligro, sufres un letargo, enfermedad común en todos los desengañados.

Pero no es ahora tiempo de lamentos —dijo la mujer aparecida—, sino de poner el remedio.Intentaré disipar, poco a poco, las tinieblas de tu alma.

Dicho esto enjugó mis ojos bañados por las lágrimas con un pliegue de su vestido.Así, pues, volví mis ojos para fijarme en ella, y vi que no era otra sino mi antigua nodriza, la que desde mi juventud me había recibido en su casa, la misma Filosofía.

¿Y cómo —le dije— tú, maestra de todas las virtudes, has abandonado las alturas donde moras en el cielo, para venir a esta soledad de mi destierro? ¿Acaso para ser también, como yo, perseguida por acusaciones sin fundamento?

¿Podría yo —me respondió— dejarte solo a ti que eres mi hijo, sin participar en tus dolores, sin ayudarte a llevar la carga que la envidia por odio de mi nombre ha acumulado sobre tus débiles hombros?

No, la Filosofía no podía consentir quedara solo en su camino el inocente; ¿iba yo a temer ser acusada?; ¿iba yo a temblar de espanto, como si hubiera de suceder lo nunca visto? ¿Crees que sea ésta la primera vez que una sociedad depravada pone a prueba la sabiduría? ¿Acaso entre los antiguos, anteriores a la época de mi discípulo Platón, no he tenido que sostener duros combates contra los desatinados ataques de los necios?

Y viviendo Platón, ¿no quedó triunfante su maestro Sócrates, gracias a mi asistencia, de una muerte injusta? Luego, la turba de los epicúreos (...)  y sucesivamente las demás escuelas y sectas, cada cual según sus medios, han intentado asaltar mis dominios; y al arrastrarme, a pesar de mis clamores y de mis esfuerzos, para no quedarse sin su parte de botín han destrozado la vestidura que por mis propias manos me tejiera, y llevándose jirones han abandonado la lucha, imaginando que me habían hecho suya.
Entonces, al verlos vestidos con los despojos de mi ropaje la ignorancia los juzgó mis familiares e hizo caer en el error a muchos de los profanos.

Si acaso desconoces el exilio de Anaxágoras, el envenenamiento de Sócrates, las torturas de Zenón, porque ninguna de estas cosas acaeció en vuestro pueblo, al menos no has podido olvidar a los Canio, los Séneca, los Sorano, pues están en la memoria de todos y no ha pasado mucho tiempo desde ellos hasta vosotros.

Y lo que a éstos condujo a la ruina fue el haber sido formados en nuestra doctrina, razón por la cual jamás se mostraron conformes con el gusto e inclinaciones de los malvados.

Por ello no tienes que admirarte al ver que en el océano de la vida sintamos las sacudidas de furiosas tempestades, ya que nuestro gran destino es no agradar a los peores. Aun cuando los tales sean legión, merecen, sin embargo, nuestro desprecio, pues, acéfalos, sin guía quien los dirija, son arrastrados por el error de sus locuras, que los hacen divagar desordenadamente y sin rumbo.

Si un día pretendieran entablar combate, y envalentonados se lanzaran contra nosotros, entonces nuestra guía, la razón, replegará sus tropas a las fortalezas, y al enemigo no le quedará sino un despreciable botín que apresar.

A nosotros, defendidos de los ataques de la horda furiosa por trincheras infranqueables para el vulgo insensato, nos inspirará risa y desprecio verlo a nuestros pies, disputándose encarnizadamente cosas sin valor".

Notas
1.- Hemos seguido la Traducción de Pablo Masa, Ediciones Perdidas, y la de Pedro Rodríguez, Alianza Editorial.
2.-La imagen es un aguafuerte y buril representando a la Filosofía tal y como la concibió Boecio. José Camarón Bonanat (1731-1803) la dibujó, y Manuel Peleguer (1759-1831) la gravó. 

martes, 18 de septiembre de 2018

TEXTOS DE LA TRADICIÓN UNÁNIME



Con la publicación de Defensa de Sócrates y Los Misterios de Mitra, comienza una nueva colección monográfica: Textos de la Tradición Unánime, auspiciada por LA MEMORIA DE CALÍOPE. Como su nombre indica dichos Textos tratarán de aquellos temas que manifiestan la presencia de una Tradición Unánime en todo tiempo y lugar, y que es inseparable de la Sabiduría, “artífice de todas las cosas” en palabras de Salomón. La Sabiduría siempre ha cristalizado en una Ciencia Sagrada, en una Cosmogonía, que le ha dado forma inteligible, y tangible a través del Arte, para que pudiera ser comprendida y asimilada por el hombre, su receptor. 

Es precisamente la recepción de la Sabiduría en el corazón del ser humano lo que ha hecho posible que esa Tradición Unánime esté en el origen y haya prohijado la formidable diversidad de civilizaciones, culturas y corrientes de pensamiento que, a su vez, la han manifestado, iluminando y dando un sentido trascendente a nuestro tránsito por este mundo.

Por eso, y a pesar de las diferencias entre las distintas formas tradicionales hay entre ellas una identidad esencial y un origen común, que es lo que nos interesa destacar, y que las entroncan entre sí, como lo evidencia la existencia de unos códigos simbólicos fundamentales y unos principios metafísicos que constituyen la fuente de la que han extraído su concepción del mundo. Esa es nuestra herencia espiritual, nuestro verdadero tesoro, el que hemos recibido nosotros, los hijos del fin de ciclo, en su gran mayoría sin saberlo, por lo que el hecho de tomar conciencia de ello es quizá el mayor acto revolucionario que podamos hacer en nuestra vida, y con nuestra vida.

La Tradición Unánime contiene en su seno a todas las tradiciones. De hecho constituye la Unidad metafísica, que se expresa a través del Cosmos y de la Historia. Es el Sanatana Dharma como diría René Guénon, que supo ver perfectamente la primordialidad de una Tradición Única cuyo origen es supra-humano y supra-cósmico, pues emana directamente de los Principios Metafísicos.

Por eso, al investigar en una tradición particular a través de sus símbolos, ritos y mitos, del arte y la ciencia de su cosmogonía, estaremos reconociendo en dicha tradición, sea esta la que fuese (la hermética, la masónica, la hindú, la cristiana, la judía, la budista, el zen-budismo, la islámica, las distintas vías iniciáticas y corrientes de pensamiento esotérico, las formas de la tradición precolombina todavía vivas, las culturas sin tradición escrita que perviven en distintos lugares de la tierra, sin excluir todos aquellos pueblos y civilizaciones que ya no existen como tales pero que han dejado su precioso legado a través de sus textos sagrados y sapienciales, sus artes, su filosofía, etc.), la presencia intangible de esa Tradición Única, aunque múltiple en sus manifestaciones históricas. Las culturas tradicionales son como los radios de una rueda: cada uno es distinto pero todos nacen y convergen en el centro inmutable de la misma.

Cada contribución a estos “Textos” será también, en su medida, como uno de esos radios, pues los temas que se tratarán, aun siendo distintos convergerán sin embargo en un mismo fin: “entregar” lo que previamente se ha “recibido”, participando así de una “cadena áurea” o “hilo de oro” que atraviesa los siglos, o ciclos, conectando el corazón del hombre con el “Corazón del Mundo”. Obviamente, aquellos que Federico González denominó en cierta ocasión “ahorristas de corazón” no tienen cabida en el espacio de estos Textos. [1]

La Sabiduría está viva, como su hermana la Inteligencia, pese a que todo en nuestra sociedad parece estar “diseñado” para negarlas o simplemente ignorarlas. Somos muy conscientes de que esa negación con respecto a todo lo que se refiere al Espíritu (que nada tiene que ver con lo “espiritualista”, dicho sea de paso) es uno de los “signos” que mejor definen la naturaleza de nuestro tiempo.

Hoy son más necesarias que nunca las voces que atestigüen la realidad de una Sabiduría Perenne, pero investidas del ánimo y del espíritu de un Sócrates o de un Platón, solo interesados en la justicia y la verdad de las cosas, o del luminoso Mitra, hijo del Sol Arquetípico, o de Minerva, diosa sabia y guerrera nacida de la mente de Júpiter, la cual, armada con su lanza-eje, combate contra quienes, títeres en manos del Adversario, siembran la oscuridad y la división en el mundo.

El ser humano es el objeto y el sujeto del Conocimiento, y esto implica vivir esa aventura hasta el “fondo”, experimentando que realmente “conocer es ser” y que “uno es lo que conoce” dicho en palabras nuevamente de Federico González, cuya obra, junto a la de René Guénon, confirma esa presencia de la Tradición Unánime en nuestro tiempo, evitando su desaparición del horizonte humano. Vincit Omnia Veritas.

Nota:

[1] O quienes simplemente se acercan al Conocimiento como un mero “juego intelectual” sin más, muy “brillante” e incluso “estético”, caso de los “amigos del misterio” o “de lo oculto”. También los “schuonianos” y semejantes, los que confunden la devoción y el dogmatismo religioso, o un imposible “misticismo iniciático”, con la certeza diamantina y la libertad interior que proporciona el conocimiento metafísico.

Obtener PDF Defensa de Sócrates 

https://memoriadecaliope.blogspot.com/2018/07/defensa-de-socrates.html

Obtener PDF  Los Misterios de Mitra