El hombre especialmente recibe con más intensidad que ningún
otro ser terrestre
el ritmo pulsatorio de la existencia, lo cual, en un
sentido, lo convierte en el más
capaz de reproducirlo. De naturaleza musical está hecha el
alma humana y su
inteligencia, ya que son ellas las que captan las sutiles
relaciones entre las cosas;
la maravillosa articulación que a todas las mantiene unidas,
con sus matices, en
un todo indivisible que se va revelando a medida que la
unidad y la armonía se
imponen a nuestro caos particular. En el hombre, como un
pequeño instrumento
en manos de un músico invisible, según se nos dice en el
hermetismo antiguo y
del Renacimiento, se dan cita todas las potencias, virtudes
y ritmos del universo,
homologadas o en diapasón con la naturaleza de su
estado.

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