viernes, 15 de junio de 2018

UN SÍMBOLO DEL FIN DE CICLO: EL "HOMO DEUS" TECNOLÓGICO Y SUS FALSOS PROFETAS (III PARTE Y ÚLTIMA)

Durante la conferencia de Francisco Ariza en la Biblioteca Arús de Barcelona. mayo 2018

LA CORRUPCIÓN DE LOS MEJORES Y LA “UNIÓN EN EL ARCA”
Debido a que no pudimos terminar por falta de tiempo la conferencia impartida en la Biblioteca Arús sobre el “homo deus” y sus falsos profetas, hemos utilizado un marco distinto para dar punto y final a nuestro discurso, donde en un momento dado dijimos que según las leyes cíclicas en los últimos tiempos acontecerá lo peor y lo mejor de nuestra humanidad actual. Por eso precisamente hemos querido titular esta última parte “La corrupción de los mejores y la unión en el arca”, pues consideramos que estas dos expresiones reflejan perfectamente lo que queremos decir acerca de lo peor y lo mejor del ciclo.
Nuestra humanidad actual está a punto de finalizar su periodo cíclico, estimado en 65000 años según los datos de la Ciclología tradicional. Pero a ella le sucederá “otra humanidad” que nada tiene que ver con esa supuesta transhumanidad o posthumanidad promovida por la inteligencia artificial, que como hemos dicho en varias ocasiones es más bien un “signo” entre otros de que estamos efectivamente en el final de un ciclo que afecta a la humanidad entera. Ha habido otras humanidades anteriores a la nuestra, y habrá otras después, que desarrollaran sus posibilidades hasta agotarlas, que es exactamente lo que le está pasando a nuestra humanidad y al medio cósmico en que ella se ha manifestado y sigue manifestándose, medio que participa igualmente de ese “agotamiento”. San Juan Evangelista ya lo dice en el libro de la “Revelación”, o Apocalipsis, al referirse al nuevo ciclo cósmico y humano: “vi un cielo nuevo y una tierra nueva” (Apocalipsis 21).
En este punto nos preguntamos lo siguiente: ¿no hemos de ver también en el transhumanismo una parodia de la auténtica “nueva humanidad”, que existirá no en éste sino en el futuro Manvantara? Esa parodia sería una más de las múltiples “fantasías” de los profetas tecnológicos, que están convencidos de inaugurar un nuevo tiempo, una “nueva era” que nada tendrá que ver con la anterior, al igual que la humanidad que la habite nada tendrá que ver con nuestra humanidad actual. Sin embargo, y como en tantas otras cosas, esos falsos profetas se equivocan por completo, pues en realidad esa “nueva era” se corresponde con el último período de la “Era zodiacal” de Piscis, la cual coincide no por casualidad con el fin del Kali-yuga, la “Edad Oscura”, y por tanto de todo el Manvántara”.
Es decir, que lejos de haber entrado como muchos creen en la “Era de Acuario” –signo de aire no lo olvidemos, y que “inaugurará” el siguiente Manvantara- nosotros continuamos estando en la “Era de Piscis”, la de los Peces, que naturalmente se asocian con las aguas, con lo “líquido”, lo que caracteriza también a la sociedad de la “aldea global” como hemos señalado en varias oportunidades. Las aguas son regeneradoras y fecundantes, pero también en ellas anidan los “gérmenes” de la putrefacción, la descomposición y en definitiva la disolución. Al comienzo de un ciclo civilizador, en su “época fundacional” podríamos decir, se manifiestan los aspectos más luminosos de la era Zodiacal, mientras que es al final de ese mismo ciclo cuando aparecen los aspectos más inferiores y oscuros, relacionados, en el caso de la era de Piscis, con las caóticas aguas del psiquismo cósmico y humano.
El concepto de “masa”, de “muchedumbre”, de “colectivismo” ha nacido en nuestro tiempo, el del “reino de la cantidad” y por tanto de la “multiplicidad”. Lo “cuantitativo” en todos sus aspectos se ha impuesto en detrimento de la “calidad”, de lo cualitativo, de lo que pertenece a la esencia de las cosas y los seres, a su “ley interna” en concordancia con la Ley divina o Dharma. Por eso mismo esas aguas son también las aguas del “olvido”, pues el objetivo de esas energías disolventes es borrarnos la memoria de nuestro verdadero origen, sustituyéndolo por el “homo deus” y su inteligencia artificial, grotesca parodia del verdadero ser humano, esa “admirable maravilla” de la que habla Pico de la Mirándola en su famoso “Discurso sobre la Dignidad del Hombre”.
Son pues las posibilidades de la presente humanidad pertenecientes al mundo inferior –y es indudable desde nuestro punto de vista que dentro de esas “posibilidades inferiores” está el “pensamiento” del transhumanismo- las que deben agotarse al final del presente ciclo, si bien, y como señala muy oportunamente a este respecto Bruno Hapel en su artículo “El Fin de un Manvantara” aparecido hace varios años en “Antología de Textos Herméticos” perteneciente a “Symbolos”, ese mismo agotamiento también se extiende a aquellas posibilidades del mundo intermediario y sutil que se “oponen”, afirma este autor, a “la unión en el arca”. Brupo Hapel lo explica de esta manera:
En el marco de un fin de Manvántara, la humanidad dedica así toda su fuerza a este agotamiento de las posibilidades. Aunque estas últimas sean en su aplastante mayoría de naturaleza antitradicional, y hasta contra-iniciática, se olvida que una parte de esas posibilidades son de naturaleza tradicional e iniciática. En efecto, parece no comprenderse que el germen no concernirá más que a la humanidad futura y que así la acción tradicional en el final de un Manvántara debe agotar todas las posibilidades tradicionales que no se reabsorberán en el germen del Manvántara futuro.
Puede decirse pues que lo que "se separa" es lo que se agota, luego todo lo que se agota se separa. La Tradición realiza entonces este agotamiento de los aspectos que tienden hacia una materialización y un formalismo cada vez más acentuados. (…) La Tradición, en un fin de Manvántara, debe enfrentarse a la descualificación, continuamente creciente, de sus miembros.
Leyendo estas palabras viene a nuestra memoria aquel antiguo proverbio latino que reza: Corruptio Optimi Pessima: "La corrupción de los mejores es lo peor". En efecto, aquellos que por la disposición de su espíritu han recibido la voz del Nous, es decir del Intelecto, y la han guardado en su mente y en su corazón como una semilla que germina perennemente, haciendo de ella el “centro de su vida”, tienen una enorme responsabilidad en este fin de ciclo, pues son los destinados a conformar los gérmenes del “ciclo futuro” -el “siglo de la vida venturosa” de que se habla en la tradición cristiana.
Pero se dice que en el fin de los tiempos hasta los escogidos para entrar en el arca pueden ser “seducidos” por el “príncipe de este mundo”, llamado no por casualidad “el príncipe de la mentira”, es decir de todo lo que no es verdadero, sino “apariencia” de verdad, una imitación, un simulacro, una “falsificación”, o la “mezcla” de lo verdadero y lo falso, que es una forma de la mentira, siendo esto una característica propia del “adversario” de lo humano, pero no del Espíritu, pues este no tiene adversario alguno. Todos estos términos definen la naturaleza del medio profano en que vivimos, y con el que no se puede ser cómplice a menos que colaboremos también en la “separatividad” y la “división”, y no en la “unión en el arca”.
La “caída en la ciénaga” de que se habla en algunas tradiciones, es un peligro que no desaparece hasta que el ser haya superado el “nivel de las aguas inferiores”, o sea el plano de Yetsirah del Árbol de la Vida, que es muy amplio ya que constituye el laberinto de la psique, un mundo de “reflejos” y de “espejismos”, de maravillosas intuiciones o presagios de “un mundo otro”, pero también de confusiones entre lo psíquico y lo espiritual que dejan al ser en un estado de “caos” del que solo puede salir llegando al centro de ese laberinto, que es el centro de su alma, que de tener una forma sería la de un arca, también la de una copa, o la de un corazón, que acogen la “quintaesencia” del estado humano, dicho esto en sentido totalmente alquímico, “quintaesencia” en nada distinta de la Unidad del Ser universal.
El arca de que estamos hablando es un recipiente hecho para conservar un contenido que es de naturaleza sapiencial y metafísica, pues esta palabra procede de “arqué”, el principio, de donde también deriva “arcano”, que se refiere a todo cuanto es “secreto” o “misterio” por su propia naturaleza. Es decir que los gérmenes depositados en el arca son de carácter espiritual e inseparables del “Principio”. Esta es la razón de por qué el Arca, navegando por encima de las aguas, se simboliza por la mitad inferior de una circunferencia, pero “cerrada, nos dice René Guénon, por su diámetro horizontal, en cuyo interior se contiene el punto en que se sintetizan todos los gérmenes en estado de completo repliegue”.
En consecuencia los gérmenes que se depositan en el arca simbólica constituye la “quintaesencia” del ciclo que termina, sintetizados en ese “punto”. Por eso, este mismo autor, Bruno Hapel, nos recuerda que el germen es lo “que queda” después de haberse agotado todo cuanto debía agotarse. Pero, como decimos, lo “que queda” es el germen del “ciclo futuro”, donde florecerá la nueva humanidad de un nuevo Manvantara, hecho que es descrito simbólicamente como el “descenso” de la “Jerusalén Celeste”, que será el Paraíso de esa nueva humanidad. Si nuestra humanidad primordial habitó en un Jardín, de ahí toda su simbólica vegetal, la humanidad primordial del nuevo Manvantara habitará en una Ciudad, de forma cuadrada y construida de piedras preciosas, pero manteniendo en su centro también el Árbol de la Vida, o Eje del Mundo. El tesoro oculto y escondido será sacado a la luz y la oscuridad no prevalecerá más sobre ella.
La aceleración de nuestro tiempo tiene que ver con esa energía de la gravedad que nos arrastra “hacia abajo”, pero hemos de darnos cuenta que en realidad esa energía forma parte de un eje polarizado, cuyo centro está en nuestro corazón, y es ahí, precisamente, donde seremos absorbidos, o “aspirados”, por otro tipo de energía mucho más sutil que invertirá el sentido de esa “caída” y conducirá hacia el polo superior, el polo celeste. Pero esa “reinversión”, o “enderezamiento” como diría René Guénon, dependerá de nosotros, de nuestra “recta intención”, que es nuestro “eje interno”, la dirección del cual puede “tender” hacia el polo inferior y la disolución, o hacia el superior, donde también seremos “disueltos” pero en este caso en la Unidad indiferenciada, en la cual no hay acepción de personas. Decía el Maestro Eckhard que en la Unidad se está “fundido, pero no confundido”. El ser que se “funde” en la Unidad metafísica vive la epifanía de la liberación de todo condicionamiento, pues como dice Juan Evangelista: solo “la verdad os hará libres”. Francisco Ariza

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